
Las 'tradwifes'
están jubilando
a las girlboss
Por algún motivo, últimamente nos resulta hipnótico ver a mujeres con vestidos de lino ordeñar vacas en cuencos de cerámica artesanal a las seis de la mañana en su finca. Nos están vendiendo el fenómeno trad-wife no como un dogma político, sino como una promesa de slow life y la restitución de esa paz que la modernidad nos arrebató.
La generación que se formó bajo el girlbossing y la autosuficiencia estaba destinada al agotamiento. Se nos exigió conquistar todos los campos académicos y corporativos posibles, mientras manteníamos rutinas impecables, nos veíamos lindas y llevábamos el rol de las amigas, novias o esposas perfectas. ¿Cuál liberación? Básicamente nos duplicaron la jornada laboral.
El colapso del 'we can do it'
En este panorama, el modelo tradwife se disfraza de refugio: promete proteger la salud mental, renunciar a la productividad y vender el retorno al hogar como un acto de resistencia. Amasar pan puede parecer aburridísimo, pero en pantalla es la escenificación visual de tener tiempo, el verdadero lujo inalcanzable de nuestra era. La trampa radica en creer que asumir la domesticidad nos salvará del capitalismo tardío.
La performatividad
del hogar

Lo más contradictorio de las tradwives digitales es que venden la ilusión de una vida dedicada a la familia mientras viven en un set de grabación.
No pueden hacer un arroz con huevo iluminación profesional y la vajilla más aesthetic que encuentren, por supuesto, patrocinada. Estas mujeres no han dejado de trabajar; por el contrario, han convertido su intimidad, sus matrimonios y su maternidad en una empresa.
La sumisión no es inofensiva
Lo que empezó como la estetización de la masa madre y el delantal de flores, ya es peligroso. Creadoras del movimiento promueven abiertamente la idea de cederle el voto al esposo, bajo el argumento de que el hombre es el único "representante natural" del hogar.
Nada es neutral. Detrás de esta romanticización de la entrega al matrimonio se oculta una vulnerabilidad política y económica que históricamente nos tomó décadas desarticular.
¿Querer una vida en calma me hace menos feminista?
Si mañana pudiera dejarlo todo para irme a un pueblo tranquilo, lo haría sin dudarlo. Es inevitable encontrar cierta calma en esos videos de mujeres que jamás experimentarán el tráfico de una capital a las ocho de la mañana. Añorar una vida más lenta es una respuesta legítima a un sistema insostenible.
Sin embargo, la alternativa al colapso no puede ser el retorno a las estructuras que nos subordinan. El descanso, el tiempo libre y la dignidad no exigen la renuncia a nuestra autonomía.
Por ahora, nos tocará seguir viendo a creadoras preparar cheesecakes sin gluten en vestidos de siete mil dólares, mientras nosotras continuamos trabajando por conservar nuestros derechos.

Camila Jaramillo
The Mess Magazine
